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¿Matemáticas o religión?

Después de asistir a muchas clases de matemáticas, después de preguntar y escuchar mucho a los alumnos, he encontrado un sentido muy similar al religioso en el proceso de enseñanza-aprendizaje de esta materia que se sigue en muchas de las aulas. ¿Por qué digo esto?

Muchos aprendizajes de los alumnos están basados en creencias. ¿Por qué se corre un lugar a la izquierda el segundo producto parcial en una multiplicación? ¿Por qué al dividir el signo menos por el signo menos se obtiene el signo más? ¿Por qué cuando se multiplican polinomios se suman los exponentes, pero se halla el producto de los coeficientes? ¿Por qué se cambia de signo al transponer términos en una ecuación? Estas y muchas más preguntas son contestadas de la misma manera por los alumnos: porque así me lo han dicho mis profes, y me creo lo que me dicen. ¿Puedes explicar por qué? No. Para qué. Me han dicho que así está bien, y punto.

Los que estamos comprometidos con una renovación de la metodología matemática nos encontramos con muchos profesores que defienden los planteamientos clásicos y gastados con una fe similar a la religiosa. Parece que la forma tradicional de trabajar es tan intangible como el mensaje divino, y nadie está autorizado a interpretar los evangelios de una manera distinta a como lo hacen ellos.

Como en la parábola, muchos son los llamados al banquete del conocimiento matemático. Concretamente, todos los alumnos en la etapa obligatoria. Pero, al igual que en el Evangelio, son muy pocos los elegidos. Son escasos los que pueden degustar sus manjares y menos todavía los que sacan provecho de ellos. Esos pocos son, formalmente, otro concepto profundamente religioso y que viene desde la Biblia: el del “pueblo elegido”.

Se dice que el aprendizaje matemático no es cosa de broma ni de juegos. Es algo muy serio, que requiere esfuerzos y sudores. Es un camino de obstáculos, lleno de espinas, en el que se dan pocas facilidades al que lo recorre. Esta concepción del proceso es isomorfa con la concepción religiosa –antigua- de la vida: un valle de lágrimas, un lugar al que se viene a sufrir, un sitio en el que quien disfrute o se aproveche o no se ocupe de su salvación tendrá, en el otro mundo, un castigo terrible.

En resumen: doctrina intangible, creencias, pueblo elegido y valle de lágrimas. ¿A qué suena? ¿No es hora ya de cambiar?

Estamos en el año 2012. Hay que dejarse de creencias y prejuicios, que no es más que estar absolutamente seguros de algo que no sabemos, y asomarnos un poco a lo que dice la ciencia. Psiconeurólogos cognitivistas de universidades muy prestigiosas, como Dehaene, Spelke, Griffin, etc., utilizando las técnicas más avanzadas y estudiando lo que ocurre en el cerebro de los niños cuando se enfrentan a tareas matemáticas, han comenzado a aportar modelos científicos que explican el funcionamiento de la mente en relación con el pensamiento matemático. Y se ha llegado a conclusiones muy esclarecedoras. La matemática forma parte del conjunto de herramientas con que se equipa, de serie, la especie humana, y que le facilita su interacción con el medio. Se ha detectado que, desde muy pequeños, los niños son capaces de desarrollar tareas aritméticas y espaciales, y ello con independencia absoluta de su procedencia social o étnica. En buena parte, esta capacidad intuitiva es independiente de las que se corresponden con el lenguaje, y su mayor o menor desarrollo depende de las experiencias de aprendizaje a que los niños sean sometidos. No se ha descubierto nada parecido a un determinismo matemático o a un gen aritmético que unos posean y otros no. Todos estamos especialmente dotados para este tipo de procesos mentales. Dehaene sostiene que nacemos con las intuiciones fundamentales del espacio, del tiempo y de los números, y que tales intuiciones las compartimos con bastantes especies animales. Se trataría de una herencia que viene desde la aurora de los tiempos, y que ha jugado un papel importantísimo en la supervivencia de esas especies. La construcción matemática no es más que la formalización y la relación de estas tres grandes intuiciones, y esto ya sí es algo que sólo pueden realizar los humanos.

Hay que ir cambiando el chip. En los pocos sitios en que se han adoptado metodologías que han tenido en cuenta los hallazgos de la ciencia y han roto la pesada cadena de los enfoques tradicionales, los niños han aprendido muy por encima del nivel esperado, han comprendido en profundidad los conceptos y, por si fuera poco, han disfrutado mucho con su trabajo. Hay que actualizarse. De la misma manera que no permitiríamos que un médico nos tratara con las técnicas de hace cincuenta años, tampoco debería continuar por más tiempo un sistema de enseñanza que, en lo esencial, no ha cambiado desde hace décadas.

Alguien dijo que la resolución del conflicto entre judíos y palestinos era muy fácil: bastaría con que, en lugar de enfrentar a sus religiones, aplicaran lo que ellas dicen. A lo mejor también es fácil solucionar el tradicional déficit de aprendizaje matemático: podría bastar con comenzar a aplicar lo que nos dice la ciencia.

Jaime Martínez Montero

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